Por Guadalupe Ordóñez Tello
Descripción del Molino Cagancha
Este molino, que hoy alberga el Centro de Interpretación del Aceite y del Vino de Hernán-Pérez, perteneciente a la Red de Centros de Interpretación de Diputación de Cáceres, está ubicado en el arroyo a su paso por la villa. Es un edificio realizado en mampostería de pizarra que fue propiedad de Don Juan Calvo, nombre conocido por todos los vecinos ya que se encuentra escrito sobre la clave del arco del altar de la ermita del Cristo y que fue teniente de cura párroco de Hernán-Pérez en la segunda mitad del s.XVIII. La tipología aparece como la de un edificio con planta cuadrangular en la que se diferencian dos etapas muy claras en cuanto a su funcionamiento: una perteneciente al siglo XVIII y otra más moderna de principios del siglo XX. En su origen se trataría de una fábrica de pequeñas dimensiones con un funcionamiento sencillo de molienda a sangre y prensado de viga.
¿Cómo funcionaba el molino?
El molino utilizaba la fuerza del agua que era captada en el arroyo y desviada a una pequeña presa para luego ser conducida por un canal de pizarra de unos 24 cm desde donde se precipitaba hacia una rueda de cuatro metros que accionaba los engranajes necesarios en la fase de la molienda. En época de sequia serían las bestias las encargadas de hacer girar la muela en este proceso.
La fase de prensado se realizaba accionando una enorme traviesa de madera que alojada entre dos vírgenes (a modo de jambas de piedra) descansaba su cola sobre un contrapeso de piedra. A través del principio de palanca la presión de la viga era ejercida de forma progresiva y lenta gracias al peso que elevaba y bajaba la viga con ayuda de un husillo de madera que giraban los “husilleros”. La pasta molida se colocaba en la pica (base de piedra de granito que servía de soporte al prensado) o “regaifa” sobre las capacetas hasta conformar el “cargo”, “pisá” o apriete sobre el que ejercía la presión la viga. El aceite procedente del prensado se recogía en tres tinajas de cerámica comunicadas entre sí y colocadas “in situ” a nivel de suelo. En este proceso era muy importante el “caldeo” al que se sometía la masa. Para ello se calentaba el agua que se volcaba sobre la pasta.
En el caso del molino Cagancha, la aparición durante el proceso de excavación de dos hogares y la existencia de una pared ahumada junto a la pica, confirman esta práctica. Con esta medida se hacía más fácil la separación del aceite con el alpechín.
Posteriormente y por medio de un proceso de decantación este caería en el fondo mientras que el aceite ya limpio se iba depositando en las dos tinajas restantes. Los testimonios de vecinos que trabajaron en este molino, no hablan de detalles que se nos escaparían con el mero estudio físico del lugar. Como ejemplo, durante el proceso, a veces el maestro molinero colocaba un candil de dos mechas para poder ver como pasaba el aceite de la tinaja central donde se depositaba la borra a la tercera o definitiva. Esta tarea la realizaba el molinero cuando sospechaba que ya había en la parte superior de la segunda tinaja una cantidad considerable de aceite sobre el alpechín. Entonces dejaba suspender una ramita de cantueso que conservaba sus hojas finales a modo de escobillas. Tras comprobar que la hoja al llegar al alpechín ya no se sumergía más, era el momento de sacarla. De esta manera se podía adivinar hasta que nivel sólo había aceite. Por último todos los posos a través de un canal iban a parar a un depósito de desecho o bien al exterior no sin antes aprovechar al máximo los restos de aceite que a modo de telilla se formaban en la parte superior.
La llegada de la electricidad
Con la llegada de la electricidad a principios del siglo XX, se adosa al viejo molino una sala nueva. Todo un avance que en principio haría más fácil la vida del molinero gracias al uso de una nueva fuente de energía capaz de mover todos los mecanismos para la molienda y el prensado de la pasta. La temporada de molienda comenzaba en octubre y finalizaba en febrero o marzo aproximadamente hasta la llegada del Carnaval. En esta época las jornadas se hacían largas y tediosas comenzando a las 6 de la mañana y concluyendo a las 12 de la noche, con una rutina que se realizaba a lo largo de toda la semana excepto el domingo que era el día en el que se aprovechaba para ir a casa en busca de un concienzudo aseo y un merecido descanso. Durante la época de la molienda en la almazara se respiraba un ambiente de intenso ajetreo en el que los niños y las mujeres se presentaban con la comida a diario y disfrutaban del rico “sopetón”, pan tostado con aceite que hacia las delicias de todo aquel que lo degustara. El proceso era el mismo, un prensado realizado a través de unos rulos troncocónicos que desde el XIX sustituyeron a las berroqueñas muelas circulares y el prensado con pistón. Todo un moderno mecanismo movido por un sistema de engranajes y poleas que convertirá a la almazara tradicional en una fabrica inmersa ya en un halo de modernidad.
El primitivo caldeo dejará de realizarse y aunque el agua caliente aun se seguía vertiendo sobre la masa depositada en las capacetas, ahora será la batidora la que con ayuda de un circuito cerrado de agua caliente procedente de un hornillo ayude a la separación de los componentes de la masa madre.
El agua recibida a través del canal se recogía en un depósito anexo al edificio. El prensado dejará de ser con viga y se sustituirá por un pistón. Una buena cantidad de atmosferas con las que se aplicará la presión suficiente capaz de conseguir el apriete del cargo colocado en una vagoneta que hará las funciones de la primitiva pica.
Mantener la aguja en la que se insertaban las capacetas bien recta era fundamental. Para ello el maestro molinero o cualquier trabajador disponían de una escalera a la que se accedía para colocarla en caso necesario. El carozo que se obtenía del prensado se depositaba en el suelo del molino al que accedían las bestias para ser transportado por estas destinado a la alimentación del ganado.
Hoy en día es imprescindible realizar los aprietes inmediatamente después de la recolección del fruto, someterlo a un concienzudo proceso de limpieza y de esmerada selección para la obtención de un aceite de máxima calidad, pero en la época de la que estamos tratando las aceitunas se amontonaban en los chiqueros en espera de ser molturadas.
Los chiqueros, trojes o cortijos, se levantaban en las inmediaciones de los molinos a modo de depósitos y en ellos los vecinos iban vaciando la carga, día a día. El tamaño de los mismos dependían de la mayor o menor producción de la que se dispusiera, lógicamente el más pudiente seria el dueño del chiquero más grande.
En otras ocasiones estaban numerados y eran asignados a los cosecheros que por orden iban depositando la aceituna por cargos, cantidad que se prensaba de una vez. Así un cargo equivalía a 250 kilogramos o lo que es lo mismo, cinco fanegas.
El almacenamiento de la aceituna que permanecía en los chiqueros durante largo tiempo la deterioraba potenciando un atrojamiento del que se obtenía un aceite lampante y de mala calidad. Aun así era la moneda de cambio en una época en la que ya se apreciaba su valor y con la que se le pagaba al propietario del molino en forma de “maquila” que no era otra cosa que una parte proporcional de lo obtenido en la molienda. La picaresca era la encargada de eludir a la fiscalía. Esta actuaba por el día inspeccionando y controlando la cantidad de aceite obtenido por el que se debía pagar una determinada cantidad estipulada por el Estado. Para evitarla se realizaban aprietes nocturnos e incluso se escondían las tinajas en paredes de doble fondo o semienterradas bajo losetas de barro.
Aún así, existen anécdotas curiosas, como un caso en el que por circunstancias del destino una de las tinajas, que en aquella ocasión se encontraba “emparedada” en un falso muro, se rompió, viendo el inspector fiscal cómo el aceite manaba, casi como si de un milagro se tratara, por la pared de la casa.
A nivel social el trabajo del molino supuso una fuerte concentración laboral y de capital estableciéndose unas relaciones de producción que provocaron fuertes vínculos de dependencia y marcaron una fuerte diferenciación social desde el maestro molinero, los operarios trabajadores o el propio dueño.
El molino Cagancha estuvo en activo hasta los años ochenta y aunque son muchos los que ya no están entre nosotros para atestiguar los mil y un avatares sufridos entre sus cuatro paredes, todavía son otros tantos los que, a menudo nostálgicos, lo visitan compartiendo sus vivencias con interesantes y anecdotas. Quizá haciendo uso de lo que dice el refrán de que… cualquier tiempo pasado fue mejor.







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